¡Nala no!

Nala se estaba ahogando. Desobediente e intrépida como lo son todos los Beagle, se había lanzado al Manzanares para refrescarse pero ahora no conseguía subir.

Yo, que lucía un cabestrillo que inmovilizaba mi brazo izquierdo por una reciente caída, acababa de recoger del suelo una gruesa rama rota, que alguien había manipulado anteriormente, quitándole los restos de hojas y tallos hasta dejarla “limpia” como una lanza . Me serviría, pensé, para abrirme camino entre ortigas y espinas persiguiendo a mi traviesa Nala en su paseo.

Nala, hizo el amago de descender por una rampa de tierra de medio metro y casi vertical, quizás buscando beber agua en el río, pero desistió tras oír mi enérgica orden:

– ”Nala, ¡no!”

Nala debió de entender que esta vez le tocaba obedecer. Así que le mostré otra opción para mojar su hocico en el río a tan solo 5 metros y sin dificultad ni riesgo, una mejor opción para ella; tras un rato de duda, la duda típica de un Beagle de 2 años ante cualquier propuesta u orden que no incluya comida, Nala accedió y se acercó a beber donde yo le había propuesto.

Ella estaba feliz bebiendo en el río y yo permanecía a su lado con mi obligada pose de Napoleón, mano en pecho, y apoyado en mi estaca satisfecho y orgulloso con mi nueva labor de experto guía canino por haber evitado el riesgo y haber encontrado un camino mejor. La calma había vuelto al paseo, o eso parecía…

En cuanto Nala dio su último lengüetazo en el Manzanares, se giró y veloz como un Galgo, volvió tras sus pasos a la rampa “prohibida”

-“¡Nala! ¡no!”

Y Nala no… Nala no hizo caso,  y de un salto, tras comprender que caminar por esa vertical era imposible (como yo ya había comprendido antes) se lanzó al río y ahora nadaba con la cabeza erguida y con gesto asustado, contra la corriente, e intentando a la vez alcanzar la orilla.

Tras un primer momento de pánico y al ver que ella no sería capaz de emerger en ese lado de la orilla ni remontar hasta un lugar más accesible, comprendí que o la sacaba yo de allí o se ahogaría.

Así que una vez descartadas las opciones de tirarme al suelo y alargar el brazo para cogerla (acción imposible con un brazo en cabestrillo) o el más difícil todavía que suponía lanzarme al agua, usé a la desesperada y con bastante poca fe, la única arma que tenía a mano, la rama que me había encontrado minutos antes. Pensé que se podría asir a ella con sus dientes y yo tiraría de ella para acercarla a la orilla y sacarla del río. Pero no fue así, Nala solo muerde cuando hay comida, y ese palo no parecía muy comestible.

Por un momento miré a mi alrededor buscando ayuda, pero constaté que estaba solo y de nada me serviría pedir socorro. Nala mostraba cada vez más angustia y ya solo veía de ella su hocico y sus ojos; el resto de su cuerpo, orejas incluidas, o bien estaba luchando bajo el agua o simplemente, no podía emerger.

Así que insistí con el palo, no para que lo mordiese, esto ya había fallado, sino buscando introducirlo entre su cuello y su collar y ahora sí, esto funcionó. ¡La tenía!

Así que tiré con fuerza mientras caminaba por la orilla y río arriba, hasta que por fin conseguimos acercarnos y con el palo haciendo de grúa y la fuerza y ganas de Nala por salir de allí, quizás el agua estuviera un poco fría, Nala dejó el río y posó sus patas en tierra firme.

El peligro había pasado. Como agradecimiento a mi esfuerzo, Nala, se situó muy cerca de mi y me dedicó una sacudida especial del agua que impregnaba su pelo hasta conseguir empapar toda mi ropa… Quizás me quiso dar a entender si nos mojamos, nos mojamos todos…

Acto seguido, y mientras yo permanecía apoyado en la salvadora rama recuperándome tras lo sucedido, Nala tomó el sendero que se alejaba del río, y caminando alegremente, avanzó un buen rato sin mirar atrás, hasta que decidió girarse y mirarme, pareciendo no entender porqué yo no avanzaba…

Me acerqué, le tomé la foto, y seguimos paseando mientras yo me preguntaba cual habría sido el motivo por el que Nala, desde su salto al río no se dejó arrastrar por la corriente: ¿Instinto de supervivencia? ¿Rebeldía innata de Beagle? ¿No querer alejarse de su dueño? Y pienso que quizás el motivo sea una mezcla de todo lo anterior.

Me sentí muy feliz por haberla salvado; soy su héroe, aunque ella no lo sabe, y a mí, no me importa.